miguel alvarez en el tor

 

Una crónica que pone los pelos de punta, que emociona, que asusta y que, a pesar de la dureza de las experiencias vividas, deja un claro poso de “MERECIÓ LA PENA”…Miguel Alvarez y sus menos de 100 horas circunvalando el Valle de Aosta. Señoras y señores UNA HISTORIA DEL TOR.

 

99 horas en el Tor des Geants
Voy como en una nube y no se me quita la sonrisa de la cara, es sábado 13 de Setiembre y acabo de darme un masaje de piernas y un circuito de spa y sauna a cuenta de la organización. El día es espectacular y el entorno impresionante, destacando las nieves perpetuas del macizo del Mont Blanco que emergen del verde de los valles bajo un cielo azul brillante. 
Me paro en la plaza donde está montada la llegada y el crono de meta marca 147 horas, es la una de la tarde y aún quedan 3 horas de carrera para llegar al tiempo máximo permitido, me parece increible que haga exactamente 2 días que haya acabado. Van llegando los últimos supervivientes, 444 de 738 y a la entrada de cada uno de ellos se desencadena un cúmulo de emociones, abrazos y lágrimas con sus familiares, que llevan mucho tiempo expectantes y sufriendo también a la espera de este momento; si le añades una música escogida y la labor del speaker que realza el momento, es difícil no emocionarse.
No tengo nada mejor que hacer y me siento al sol a disfrutar de este panorama y una vez más, como desde hace muchos meses, mis pensamientos vuelven al Tor, pero ahora ya no es para imaginarme como iban a suceder las cosas, que estrategia será mejor seguir, ¿dónde parar a dormir?, ¿cuánto tiempo?, ¿qué ropa llevar?, etc. Ahora mi mente me lleva 6 días atrás, al Domingo 7, hace 147 horas, justo el día de mi 52 cumpleaños, me encuentro en este mismo lugar, pero con toda una aventura por vivir.
Tengo la suerte de compartir estos momentos tan emocionantes de la salida con Jose Manuel Meana, otro de los 5 asturianos que participamos este año, a quien le agradezco que me haya permitido acoplarme a su plan de viaje desde Asturias a Courmayeur, inteligente y conocedor de sus posibilidades, consiguió la chaqueta de finisher con un tiempo de 128 horas.
Estoy muy tranquilo y contento de haber conseguido llegar hasta aquí, ahora todo está en mi mano y solo tengo en mente acabar y hacerlo en menos de 100 horas. Después de un verano arrastrando molestias físicas que me impedían entrenar todo lo que quisiera y dudar de mis opciones de poder acabar, doy gracias a todos los que me han ayudado, compartiendo entrenamientos o reparándome, en especial a Marcos Peón, quien me prepara y se ilusionó también con este proyecto, a mi hermano José Angel que durante toda la carrera estuvo pendiente, llamándome al móvil para animarme y orientarme. Aunque mis últimos pensamientos antes de la salida son para mi mujer Lola, que sin su apoyo no sería posible estar aquí y a quien llamo para compartir el momento de la salida juntos.
Salgo tranquilo, sin forzar nada, esto es una carrera de ultra resistencia y es absurdo quemar energías para ganar posiciones en la estrecha subida inicial, además si sales algo retrasado, motiva ir adelantando. Enseguida me encuentro con Gilberto, otro de los asturianos, con quien comparto hotel, tipo muy duro, bien entrenado para la ocasión y con gran ilusión, pero una piedra mal puesta en el camino le rompió un dedo del pié y a pesar de intentar acabar a base de calmantes, lo tuvo que dejar en el km 222; a quien le agradezco, entre otras cosas, que estuviera en la meta esperando mi llegada para darme un abrazo.
Sigo progresando y en la parte final de esta primera subida de 1.400 m, al col de Arp, en un recorte que hice en las zetas finales, oigo “no val atayar”, allí estaban juntos los otros dos asturianos de la partida, Alejandro y Fernando (Fer). Me junto con ellos y llegamos juntos al primer control, en la Thuile, km 18, en la posición 170 en algo menos de 3 horas. A la salida de este avituallamiento nos separamos, yo me voy por delante y a Alejandro ya no lo volvería a ver, se tuvo que retirar por problemas estomacales, era su tercer Tor y tenía un objetivo muy ambicioso para el que se había preparado, pero las ultras son así, pueden golpear a cualquiera; no obstante, gran enamorado de esta carrera, seguro que el año próximo intentará volver. A Fer ya no lo volvería a ver hasta la base de vida de Gressoney, en el Km 236, con quien tuve el privilegio y el placer de compartir momentos duros e inolvidables, pero no pude aguantar su fuerte ritmo en la parte final y acabó por delante de mi en 96 h 51 min en la posición 27.
Llega la primera noche, con el cielo despejado y la luna llena podemos disfrutar del espectacular entorno, pero durante esta noche tengo que subir tres puertos que acumulan más de 4.000 m y pasando por la cota más alta, 3.300 m del col de Loson, por donde paso poco antes de las 7, a punto de amanecer y disfrutando de unas vistas bellísimas en las proximidades del Gran Paraiso con sus 4.0061 metros. Luego una larga bajada hasta Cogne, 2ª base de vida en el km 102, donde llego con más de 90 minutos de adelanto con respecto a mi plan y lo hago en la posición 34, pero tengo que parar más de lo previsto por las consecuencias intestinales de estar empapado en sudor y el frío nocturno en las alturas y también noto las anginas inflamadas que me incomodan al tragar; de momento nada serio, me encuentro fuerte y con buen ánimo. Y para colmo, cuando voy a salir, un comisario de carrera y un guardia forestal, con pistola al cinto y mal encarado me piden hacerme un control de mochila para comprobar que llevo todo el material obligatorio que exigen. Lo comprobaron todo, incluso palparon el chubasquero para ver si era de suficiente calidad, pero llevaba todo lo exigido y más.
Por suerte, el sol sale con fuerza y me revitaliza; hasta la siguiente base de vida en Donnas, cota más baja a 300 m, solo tenemos una subida y una eterna bajada, eso si con fuertes repechos en la parte final. Llegue a las 5 de la tarde, 150 km, con 11.500 m de desnivel positivo en 31 horas, una bestialidad, pero estoy hecho polvo, estoy agotado y con un dolor de piernas insoportable.
Hasta Donnas venimos por la Alta Vía 2 y ahora cambiamos a la Alta Vía 1 al otro lado del valle de Aosta y aquí te encuentras con el primer Muro sicológico de la carrera, que parece imposible superar, todavía no es la mitad de carrera y estás tan jodido que aparece por primera vez la opción de la retirada y mucha gente lo hace aquí, solo un acto de fe te permite seguir, pero asusta salir de Donnas, a partir de aquí cambian muchas cosas y te tienes que enfrentar a situaciones y sensaciones desconocidas porque ninguna otra carrera te lo exige.
Mi plan inicial, desde casa claro, era hacer la primera parada para dormir en el refugio Coda, km 166, justo a mitad de carrera, pero desde Donnas hay que subir unos 2.500 m y no me veo con fuerzas suficientes. Así que decido tomarme un descanso, me ducho, cambio de ropa y como bien, intentando recuperarme algo y después de casi una hora y media salgo de aquí en la posición 19, pero con las primeras rampas me doy cuenta que no he recuperado lo suficiente y voy a pasarlo muy mal, así que al llegar a otro punto intermedio donde podía dormir decidí acostarme un par de horas, de 10 a 12, pero con tan mala suerte que al poco de salir, una tormenta que iluminaba el cielo en los alrededores descargó cuando no tenía donde protegerme, así que cuando llegué al refugio de Coda, mojado y cansado, me acosté de nuevo de 2 a 4.
El momento de levantarse, ponerse la ropa mojada y salir de nuevo en la noche, pensando que estás en la mitad, es realmente duro. Me encuentro algo deprimido y viendo que he perdido todo el tiempo ganado hasta aquí y en la posición 43, me hace dudar, pero no queda más remedio que seguir y tener paciencia, indispensable en estas carreras si no se quiere abandonar a las primeras de cambio.
A partir de aquí se entra en otra carrera, ya han pasado 2 días, con sus noches y empieza a surgir el instinto de supervivencia, de mantener, los espacios entre participantes se agrandan y se agradece coincidir con alguien, en este tramo comparto carrera con un italiano y un americano que no callaba, que luego me entero que era Joe Grant, todo un personaje en USA y uno de los mejores del mundo, pero iba como de paseo. Con ellos llego a Gressoney, cuarta base de vida en el km 200, donde me dan un masaje de piernas, como bien para cargar los depósitos y salgo poco después de las 4 de la tarde con Fer, que viniendo de atrás llega poco después que yo a Gressoney.
Empezamos a subir el Col Pinter y echo el último vistazo al Mont Rosa (4.634 m) antes de adentramos en la tercera noche y comienza a llover, situación que se resuelven con un frontal y un chubasquero de menos de 300 gramos. El ritmo es bueno y llegamos a Saint-Jacques, km 223, punto donde tenía pensado de antemano parar a dormir otro poco con una hora de adelanto, pero arrastrado por Fer sigo, aunque él va más deprisa y nos separamos y ya no lo volvería a ver hasta el día siguiente. Enseguida me di cuenta que fue un error no parar donde tenía pensado, porque el cansancio y el sueño me vencieron y me costó muchísimo llegar hasta el refugio de Tournalín a 2.535 m de altura. A las 12 pido acostarme un par de horas y puedo elegir cualquier litera porque no hay nadie más en la habitación. Estoy calado hasta los huesos, así que me desnudo y me tapo con 3 mantas para entrar en calor, pero no encuentro postura cómoda por los dolores musculares, hasta que me duermo boca arriba. A las 2 horas, aunque para mi solo fuera un suspiro, me despertaron, pero no tuve fuerzas para levantarme y les pedí otras 2 horas. Esto también es el Tor, angustia, depresión, tristeza, abandono, ya no me importa nada, solo quiero dormir, pero a las 3 me despierto y después de un gran esfuerzo mental consigo sentarme en la cama, unos minutos más de debate interno y a poner de nuevo la ropa mojada y los calcetines que estrujo dejando un pequeño charco en el suelo.
Me tomo un té, como algo y a seguir, por lo menos no llueve. No me importa el ritmo, solo me centro en salir pronto del pozo en el que estoy, busco pensamientos positivos que me ayuden y me acuerdo de cuando pasaba por aquí 2 años atrás; estaba lloviendo, era más tarde y pensaba que tendría que retirarme por los dolores en una cadera; así que no me puedo quejar, poco a poco el cuerpo empieza a funcionar e incluso disfruto de la soledad de la noche, sintiéndome un privilegiado de poder estar haciendo esto, corono el Col de Nanas y desciendo hasta la 5ª base de vida en Valturnenche, km 236, poco antes de las 6 y me encuentro con la agradable sorpresa de ver de nuevo a Fer, que había dormido aquí y estaba a punto de partir.
Al poco de salir amanece y disfruto de la vista del otro Gigante que da nombre a la carrera “Tor des Geants” o “Vuelta de los Gigantes”, el monte Cervino (4.476 m), el único de los cuatro que me falta y que hace apenas dos meses había intentado subir, pero las malas condiciones no lo permitieron.
Unas horas más tarde vuelvo a contactar con Fer y vamos juntos y a buen ritmo casi hasta la 6ª y última base de vida en Ollomont, km 283, donde como bien y me tumbo media hora para coger fuerzas suficientes como para llegar al final sin parar más. “Solo” quedan 48 kms y unos 3.000 m de subida y aunque a estas alturas, comenzando la 4ª noche, ya somos más zombies que personas, se produce otro click mental, ya te ves como “finisher”, aunque todavía queda mucho por sufrir.
Salgo solo, puesto que Fer ya se había marchado antes que yo, y ya todo lo que me quedaba lo haría en solitario. La penúltima subida, col de Champillon, lo hago sin problemas, pero la bajada tiene tramos peligrosos, al menos de noche y sobre todo si es la cuarta apenas sin dormir.
Luego hay un tramo de unos 10 o 12 kms de pista llana por un bosque, lo más cómodo de toda la carrera, pero se convirtió en la mayor pesadilla. Fue como entrar en un túnel, el silencio, la oscuridad absoluta solo rota por el haz de luz del frontal y la monotonía te hipnotizaban, los ojos se me cerraban e iba dando bandazos. Un minuto peleando contra el sueño para no caer dormido era una eternidad y necesitaría más de una hora para salir de allí, imposible. De vez en cuando me giraba para iluminar el origen de algún ruido, que solo estaba en mi imaginación y ya veía cosas raras en la oscuridad. Al menos no llevé el susto de encontrarme alguien tirado, como le pasó a Fer, y es que la puta pista se convirtió en una tortura. Cuando salí de ella y llegué al pueblo donde estaba el control, km 300, el cerebro me había desconectado la mitad de las funciones, no comprendía donde estaba, no sabía si lo que estaba pasando era verdad o estaba soñando. Solo quería dormir, así que pedí acostarme y que me despertaran en una hora. Cuando lo hicieron, aún no eran las 6 de la mañana y me debieron ver tan alucinado que me insistían en que podía quedarme más, les decía que no y me insistían, pero conseguí levantarme, no como el que entró en meta detrás de mi que por 3 veces pidió que lo dejaran dormir un par de horas más, así que pasó del puesto 17 al 38.
Aunque ya estaba en marcha, seguía con el cerebro medio desconectado, me esforzaba en entender lo que estaba pasando y me acordé que mi hermano me llamaba al móvil, así que pensé en llamarlo para ver si era verdad todo y me lo explicara, pero era muy temprano y estaría durmiendo, aunque sí tenia claro que había que ir siguiendo los banderines amarillos.
Ya estoy otra vez subiendo y hasta que no salió el sol no desperté totalmente, ahora lo veía todo claro y ya entendía perfectamente la situación. Estaba otra vez a casi 3.000 m, coronando el último de los puertos, el Col de Malatra, ya llevo subidos 24.000 m y bajado casi otros tantos en 312 km, a solo 18 de meta.
Hace un rato estaba sumido en las tinieblas y ahora estoy de nuevo en el cielo, el sitio es espectacular, a mi espalda no se ve a nadie en todo el valle por el que vengo y en frente el Mont Blanc (4.810 m).
Según mis cálculos para bajar de las 100 horas, tenía que pasar por aquí hacia las 10:30 y son las 10, justo 4 días después de aquella lejana y emocionante salida de Courmayeur, así que la cosa no podía ir mejor.
Me paro al coronar este emblemático col de Malatra a recrearme con el paisaje y me suena el móvil, no podía haberlo hecho en un momento mejor para compartir con él este mágico instante.
Y como ahora tocaba estar en la cresta de esta montaña rusa de sensaciones y todo era perfecto, veo allí mismo un bocadillo y una verde y apetitosa manzana. El bocadillo ni lo abrí para ver de que era, ya que hacía ya tiempo que no me apetecía comer nada, pero solo pensar en la sensación de morder aquella jugosa manzana, hacía que no parara de sonreir, no lo podía creer, es que hay que ver el sitio.
Así que las 3 horas que aún me quedaban las disfruté un montón y llegué a Courmayeur bastante bien en 99 horas 15 minutos en el puesto 37 de 738, siendo 3º de la categoría de más de 140.
“El cuerpo te lleva hasta donde la mente le diga”